Estaba en casa sin saber qué hacer. Más bien podía hacer varias cosas. Preparar trabajo, ver una serie como la tercera parte de Twin Peaks, o los estrenos de películas que emitían en mi proveedor de televisión por cable, entre otras actividades.

Deseaba algo más. Más activo y que me evadiera de la monotonía y el trabajo. Necesitaba desestresarme. Salir del bucle que conlleva la responsabilidad y la dedicación a lo que me apasiona como profesión.

Así que me decidí a salir a caminar. A la aventura de los pasos y mi deseo. Sin ningún objetivo ni puerto, pero sí dejarme acariciar por la brisa fresca de la tarde de este otoño tardío y las imágenes de personas en sus quehaceres de sábado tarde.

Entre familias de sábado tarde, parejas, mujeres y hombres, adolescentes, con quienes me cruzaba e imaginaba una historia por la que estuvieran viviendo, me planté, sin darme cuenta, a las puertas de Ikea. Sí, esos muebles que te los tienes que montar tú, y te cobran, Ikea.

Una vez dentro, adelantando parejas que elegían sofás y camas, paseaba haciendo una lista mental de cosas que necesitaba. Pero, mi mente se diluía creando historias a partir de quienes botaban con sus nalgas sobre colchones y cojines. Los posaba en un cuento sexual, estrenando, solos o acompañados, esos mobiliarios que parecen básicos pero que dan un tremendo juego para el morbo.

Hasta que mi radar me hizo girar la cabeza y prestar atención a unas piernas. Sí, unas piernas largas y estilizadas, prisioneras de un elegante pantalón negro ajustado, dejando saborear con la vista unos tobillos desnudos y preciosos, sabrosos se me antojaban. Terminaban las piernas con sus pies endosados en zapato de tacón que acompasaban sus de pasos sus piernas torneadas. También, sus nalgas redondas y altas, por las que se deleitaría mi lengua, llamaron mi atención. ¡Cómo no!. Pero lo mejor fueron sus piernas. El movimiento de todo su cuerpo al compás del largo del paso. El roce del pantalón en el tobillo y la belleza y elegancia del pie en sus tacones.

A partir de ese momento no vi muebles. Vi una silueta bella, con una melena corta que me hacía pensar en situaciones más depravadas, y una boca sensual de labios semi gruesos y mandíbula cuadrada que casi podía tocar con mis dedos antes de saborearla. Pero mi atención en todo momento fue a cada situación por la que sus piernas se encontraban. Un paso lateral, un esquivo a un obstáculo, subir un pequeño escalón o una parada y su consecuente reanudación del paso.

Reparé, las piernas largas y hermosas habían acaparado mi atención, en el escote generoso que lucía por camisa, dando pié a la imaginación de unos pechos redondos y tersos. Sin enseñar, daban ganas de continuar suspirando con la boca entre ellos y descubrir secretos rosados.

Es un placer observar, con respeto, consiguiendo disfrutar de situaciones que si no prestas atención nunca se darían. No fui el único al que dicha mujer llamó la atención. Me deleitó, que otra dama de mediana edad reparó en toda la belleza sensual que despojaba la chica de las piernas largas. Descarada, al pasar por su lado, mirando su boca para después pasar a sus pechos. Como hecho a propósito, descarada, sin disimulo, se la comió con la mirada, hasta las piernas.

Creo que la dama de bellas piernas disfrutó con la situación de saberse deseada ambiguamente.

Creo que daría para otro relato contaros cómo terminé conociendo a la chica de las piernas deliciosas, y no quiero alargar lo que me hace escribir éste. Sus piernas y cómo conseguí admirarlas mejor con todo su sabor.

Helen, como le gustaba que le llamasen, de delicada y encantadora conversación, agradable en su tono y en su fondo me abrió la puerta de su casa céntrica de Barcelona.

– Pasa – Me dijo con su voz dulce y seductora.

Llegábamos empapados por la repentina lluvia que nos sorprendió al salir del metro. Me ofreció la ducha para utilizarla, pero mi rigidez ante la situación, y mi mente morbosa, hizo que le dijera que con una toalla tenía suficiente.

Su figura, chorreando, mojando el suelo, y los pantalones más negros por el agua, hacían que sus piernas tuvieran más protagonismo en mis pensamientos. Sin olvidar su camisa calada con la que regalaba unos apetitosos pechos. Se dio cuenta y sonrió, dándome un largo beso, solo rozando mis labios y depositando la toalla en mis manos.

Me invitó a entrar a la habitación frente al lavabo, en el que ella se metió sin cerrar la puerta. Me desnudé sin quitar ojo al lavabo. Frotando todo mi cuerpo. Oliendo la fragancia fresca de la toalla y la lluvia en mi cuerpo. Me transporté a cuando volvía de excursión en mi época adolescente después de que nos pillara una tormenta por el PrePirineo. Oculté mi cara entre los rizos suaves de la toalla y al levantar la cabeza allí estaba ella.

Tersa piel dorada, espalda suave donde dibujar, y formas sinuosas que recorrer. De espaldas, regalándome las nalgas que mi boca soñó, surcadas de bella curva que las separa. Mi boca. Sensual y erótica la situación, al cual mi miembro reaccionó con aquella leve erección sin conseguir toda su potencia. Lo mejor fue ver como descendía en la penumbra del baño, las braguitas, por las piernas de mármol moreno, tersas columnas que brillaban, mostrándome a la vez la cabalgada de sus caderas. Desde atrás. Piernas que se elevan para posar los largos pies en una banqueta, observando cada músculo contraerse y volver a su sitio natural. Belleza y morbo. Inigualable el descenso de su torso para bajar las braguitas, demostrando la esbeltez de unos pechos más grandes de lo que imaginaba y desafiando a la gravedad. Ganas de poner mis labios en sus coronas más morenas aún.

Mas bella fue la eroticidad de ver en el fondo una enorme ducha de baldosas blancas. Sin nada, solo agua y vapor, para a continuación aparecer Helen deslizando la esponja jabonosa como si fuera mi cuerpo al frotarse. Es elegante, su piel morena sobre lienzo de baldosas. Frota y sus piernas se mueven.

Pensé, cuando te duchas no hay normas ni saber estar, los movimientos son los necesarios, agacharse, doblarse o incorporarse para llegar mejor a zonas. Me quedé con el baile de sus piernas, y la habilidad de movimiento. Muslos torneados y fuertes, pantorillas bellas de caminar, agua deslizándose llegando a esos tobillos que son caramelos, pies que soportan con elegancia y sensualidad. Empeine donde terminar.

Una mano apoyada contra las baldosas blancas. Vapor y agua. Helen dejándose caer agua con la cabeza inclinada hacia delante. La otra mano en sus pechos. En sus muslos. Retirando la última espuma de sus nalgas. Se sabía observada.

Me vestí, salí a la sala de estar y me senté en el sofá. Tuve las ganas de preparar un café o infusión, pero no quería abusar de la hospitalidad el primer día. Ella apareció con una bandeja llena de diferentes leches, el café recién hecho y cosas dulces para picar.

Camiseta y pantalones cortos. Descalza y pelo húmedo. Piernas tersas, desafiantes y a la altura de mi cara. Helen sonríe y me las acerca más. Beso el lateral de su muslo. Me encantó ver cómo tan deliciosas piernas servían de aposento a la curva que el pantaloncito dejaba acariciar con la vista desde atrás. Bella curva, la nalga, asomando, redonda, por encima del muslo fuerte con el que compite y no son el uno sin el otro. Perfecta elegancia de mi morbo visual.

La charla fue en todos los sentidos hermosa, cariñosa y llena de complicidad, entre temas propios de cada uno y nuestros gustos. Miraba a sus ojos al hablar, también a la boca por ser muy erótica para mi al crear formas por el movimiento de los labios, además de la sutil sensualidad de la mandíbula al acompañar. Pero se dio cuenta de que me fascinaban sus piernas y que eran mis parte admirada, además de esos pechos libres y sinuosos que según el momento de la conversación y sus reacciones eran aprisionados por la tela de la camiseta ofreciendo sendos pezones, excitables por el roce.

– Me duelen las piernas de caminar y por la tensión del trabajo – Me dice en tono serio.

– Pon una pierna sobre mi regazo Helen – Contesté.

Comencé sujetando su hermoso pie por la planta y realizar movimientos suaves en círculos por el juego de su tobillo. Mientras, con la otra mano alzaba su pierna sujetando bajo el gemelo. Sonrió ámpliamente y cerró los ojos echando su cabeza hacia atrás. Sus pechos se hincharon. Ese suave y lento movimiento me regaló la leve y primera de su piel erizada del muslo.

– En el lavabo tienes aceite de romero. – Susurró Helen.

Volví destapando el frasco. Mojando mis manos y dejándome seducir por el aroma a romero mientras las aletas de mi nariz se flexionaban abriéndose. Me froto las manos con el aceite y comienzo una suave fricción sobre su bello empeine, con toda la palma de mi mano. Subiendo y bajando. Con delicadeza extendiéndolo por sus estilizados dedos a la vez que me dedicaba uno a uno a acariciarlo y estirarlo. Mis pulgares se clavaban a la vez en su planta, sobretodo en los puntos de apoyo, donde al presionarlos producía en Helen descargas de leve dolor y sensación de relajación viendo sus expresiones faciales.

Me erotiza tener sus piernas, ver entre sus muslos y disfrutar con su pose, ida, controlada y olvidada a sus piernas y mis manos.

Me deleité haciendo vibrar sus muslos, sujetando sus pies, elevando sus piernas y provocando movimiento con mis brazos. Es bonito, excitante, ver como el muslo dorado baila al compás y me regala la curva de sus nalgas. Es elegante su pierna mientras la relajo. Largas y esbeltas, aún más con el aceite que resalta la piel morena.

Mientras mis dedos jugaban en círculo por su tobillo pronunciado y bello, a la vez que bajaban y subían por ese puente estilizado y curvo que es su empeine, remarcando cada tendón, los pulgares se deleitaban con la planta del pie, provocando pequeños jadeos respiratorios en Helen. Su estremecimiento me complacía.

Dedicarme a cada uno de sus largos dedos mientras miraba su boca grande, me complació teniendo que cerrar mis ojos. Cada dedo era separado y acariciado, sutilmente el aceite resbalaba como saliva y mis dedos eran boca que saborean.

Volví utilizar el aceite que había inundado la habitación de aroma, esta vez sobre sus muslos, con la intención de que hilos descendieran por el interior de sus muslos. Arqueó su cuerpo, erizó su piel morena y los pezones reclamaron su merecida atención. Helen abrió su boca y se llevó las manos a los pechos.

El frío del aceite intercambiando la temperatura de sus cálidos muslos hizo de una situación normal, convertirla en la excitación y provocación. Mi erección se dejó notar en una de sus piernas con sonrisa correspondida por parte de Helen.

Froté mis manos para provocar calor al extender el aceite que se liberaba por sus muslos. Mis dos manos dedicadas a frotar muy suavemente, de arriba a abajo y en todo su ancho, los muslos como piedras de Helen. Presiones leves, surcando el músculo con mis dedos, presionando con pulgar y el resto de dedos su laterales.

Levantando sus nalgas cada vez que mis dedos, por el interior de sus muslos, presionaban frotando con fuerza. Bonita escena, tan de cerca, olorando y saboreando en esta corta distancia. Piernas fuertes, formadas, muslo que es lamido por mis dedos, no por placer si no por la acción de regalar relajación.

Elegante movimiento, al levantar su muslo, hacia un lado, con la belleza de su sensualidad y sus prendas. Para hacer vibrar su muslo con las palmas de mi mano, recorriendo con la mente sus rincones dulces y melosos. Piel y columnas. La columna que sustenta sus nalgas, y yo acaricio. Las nalgas redondas que llaman.

– Creo que me toca masaje por la parte de atrás ¿No? – Respira Helen.

Soy tu nuevo vecino, me alojo en el 4º . Desde aquí observo, saboreo, miro, me dejo llevar e intento sensualizarte. Este espacio de relatos eróticos tiene a veces un olor duro y bruto, otras con perfume, sabe a sensualidad y fantasías, pinceladas de vivencias y fantasías de este tu vecino.

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